La renuncia de Manuel Adorni marca un hito en la gestión de La Libertad Avanza, evidenciando las grietas internas y el costo de los escándalos judiciales. Durante los actos del Día de la Bandera en Rosario, diversos ministros ya habían notado a un Adorni “llamativamente solitario”, una señal clara de que el resto del Gabinete le había dado la espalda. A este aislamiento se sumó el cerco parlamentario en el Senado y Diputados, donde el kirchnerismo impulsaba una moción de censura que ya no podía ser frenada ni siquiera por los aliados del PRO y la UCR.
La figura de Patricia Bullrich emerge como una de las ganadoras políticas en este desenlace. La ministra de Seguridad y jefa de los senadores oficialistas venía advirtiendo desde hacía un mes y medio que la permanencia de Adorni era insostenible para la imagen del Gobierno. La preocupación central en Balcarce 50 era evitar el impacto negativo que tendría un jefe de Gabinete procesado en funciones, especialmente tras la investigación sobre el departamento que Adorni posee en el barrio de Caballito y su propiedad en el Country Indio Cuá Golf Club.
Aunque Karina Milei despidió formalmente a Adorni con palabras de afecto en redes sociales, calificándolo como una “persona íntegra”, la realidad puertas adentro fue una renuncia forzada por la cúpula. El desplazamiento del exvocero busca reconstruir la imagen pública gubernamental de cara a los próximos desafíos electorales, priorizando la estabilidad del proyecto de Milei por sobre las lealtades personales. El destino de la Jefatura queda ahora en una transición incierta, con el posible desembarco de Diego Santilli para intentar dotar de mayor volumen político a un cargo que ha quedado severamente dañado tras esta crisis.








